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La cigarra y la hormiga

Ya saben. La fábula de Esopo. Lo mismo que sucede en Santa Brígida. Hay cigarras que se dedican a tocar palmas y a hacer sonar la fanfarria en los periódicos con gran alarde de cacharrería mediática. Que lucen sus galas en el escenario y tocan la flauta de Hamelín para que los ciudadanos caigan embriagados por el truculento encanto de la melodía. Que invitan a café y dan palmaditas en las espaldas en los bares del pueblo alentando a volver a los viejos tiempos, donde el «¿qué hay de lo mío?» importaba más que el municipio. Que salen en la prensa como ídolos (los llaman pesos pesados) anunciando la llegada del mesías que va a redimir los pecados de Sataute.
Estas cigarras se han ganado su triunfo ensayando una y otra vez para que el público que las quiera oír se distraiga ocioso de los asuntos importantes que conciernen a todos y a todas. Y en eso consiste su trabajo, en ensayar y ensayar para que cuando llegue el momento del concierto la música suene primorosa y celestial.
Luego están las hormigas. Las que trabajan silenciosas y diligentes. Las que no destinan su tiempo a hacer desfiles de vanidades. Las que están pendientes durante las veinticuatro horas del bienestar de la ciudadanía. Las que se equivocan y vuelven al trabajo para rectificar y hacerlo mejor. Las que arreglan los desperfectos que las cigarras han causado durante tantos años con su desidia y su gandulería. Las que han tenido que trabajar durante los inviernos más duros con pocos medios, mucho frío y una voluntad incombustible. Las que han traído la luz de una parcela que todos creían perdida para siempre. Las que han dado a Santa Brígida la fama de ayuntamiento transparente y sin manchas con la justicia.
¿Saben que el alcalde le pidió al candidato de Unidos por Gran Canaria que una vez absuelto de la imputación se reincorporara al trabajo como concejal en el equipo de gobierno? ¿Y saben cuál fue su respuesta? No, señor alcalde, yo prefiero seguir siendo cigarra.

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